23 de Octubre del 2014

Signos, imágenes y símbolos

Posted by Diocesis Ciudad Juarez On septiembre 17, 2010 ADD COMMENTS

Pbro. Hesiquio Trevizo

Los escolásticos acuñaron una axioma según el cual “el que no distingue, confunde”, y sin hacer del cartesianismo nuestro ideal cognoscitivo, en lo posible debemos aspirar a tener ideas “claras y distintas”.

S.Kierkegaar afirma que “el tiempo de la distinción, (la capacidad mental para distinguir) ha pasado; el sistema lo ha superado”.  Sin embargo la capacidad intelectual de una persona se mide por su capacidad para distinguir.  Solemos decir en el lenguaje coloquial que hay quienes confunden la gimnasia con la magnesia.  La cita de Kierkegaar continúa así: “Sea pues así; sin embargo Sócrates se convierte en aquello que es, el sabio ingenuo, por aquella su capacidad característica para distinguir, que él mismo fue quien formuló y que conduce a la perfección, aquella distinción que 2,500 años más tarde el excéntrico Hamann repitió con admiración: Sócrates fue grande por el hecho que sabía distinguir perfectamente entre lo que comprendía y lo que no comprendía”.

En efecto, amable lector, el que no distingue, confunde, Y la confusión es un mal muy grave y puede afectar al individuo como tal o a la sociedad como tal.  Para esto, confundir tiene sus raíces en el latín que significa fundir con, mezclar, revolver, desordenar, etc. Eche usted una mirada alrededor y verá cuánta confusión, es decir, cuántas mezclas caprichosas y desordenadas: se confunden, se mezclan la política y la religión; se confunden la educación y la política, se mezclan las religiones,.  La confusión existe en el ámbito de la moral, en el ámbito de lo religioso, de lo político y esto nos orilla muchas veces a preguntarnos dónde estará la verdad.  Tiene usted un ejemplo muy claro de ello en el ámbito de las religiones, cuando ante las innumerables propuestas, (se habla más de 5,000 grupos religiosos cristianos emergentes en USA, uno de los cuales le ha dado por quemar libros del Corán), acabamos por afirmar: todas son iguales, todas son buenas, lo que significa un suicidio intelectual.

Para ilustrar lo dicho, amable lector,  haga usted mismo el intento o plantéeselo a alguien de distinguir,  las analogías y diferencias de los conceptos:   imagen, signo, símbolo, y verá usted que vistoso galimatías  resultará.

A nivel de diccionario veamos estos tres conceptos.  Primero la imagen. La imagen es una configuración que elabora el hombre a partir de una realidad informe; en la medida en que ésta configuración hace referencia a una realidad, decimos que es imagen de ella.  Si la imagen es originaria tenemos un prototipo y si la imagen se parece mucho a este prototipo tenemos un retrato.   Esta teoría desempeñó un papel importantísimo en la filosofía de Platón y luego en la de San Agustín.  Pero si usted no distingue bien y le va a aplicar a esta realidad una cita bíblica que prohíbe hacer imágenes, imagínese la confusión que genera.

Veamos ahora el signo.   El signo es una realidad que conocida conduce al conocimiento de otra cosa.  Hay signos naturales, por ejemplo, si yo veo que está saliendo humo por las ventanas de mi casa  (Dios no lo quiera) quiere decir que mi casa se está quemando.  El humo es signo natural del fuego.  Y hay signos convencionales, las palabras, los escudos, las señales de una carretera, etc.  Los signos son absolutamente necesarios como las imágenes, en el sistema de relación humana ; sin ellos, simple y sencillamente, sería imposible la realidad humana, ellos son parte constitutiva de nuestra realidad, nuestra comunicación es a base de imágenes y signos.  Imagínese usted una carretera sin señalamientos, una ciudad cuyas calles no tuvieran ni nombre ni señales que indiquen su vialidad.  Estaríamos en un desierto cognoscitivo y en un desierto humano.  En la comunicación de Dios con nosotros, Dios mismo, ha tenido que valerle de los signos, de las imágenes, como por ejemplo la zarza ardiendo, en la que se manifiesta a Moisés, la escala de Jacob, el Arca de la Alianza, el Templo, todo eso son símbolos y signos.

Veamos por último los símbolos.  Tienen sus raíces en el griego que significan juntar y reunir.  Por ejemplo, el anillo que el novio entrega a la novia en el rito matrimonial simboliza unidad y fidelidad.   Así pues el símbolo sería cada elemento de un sistema de signos; pongamos un ejemplo: la Bandera Nacional.  Según usted,  la Bandera Nacional es imagen, es signo o es símbolo.  Cuando yo veo al pasar por nuestra Macro Bandera hermosa y extendida la Bandera Nacional, y más cuando Eholo juega con ella pienso en mi Patria a la que amo y me digo que yo quisiera ver una Patria así: grande refulgente, llena de color, limpia y Hermosa, hondear libremente en el cielo movida por el viento.  La Bandera no es imagen ni es signo, es un símbolo de la Patria.  Sin el símbolo sería sencillamente imposible la existencia del fenómeno religioso.  Y esto es absoluto.  El que lo niegue tendrá que enfrentarse con Jung, con M. Eliade y con la experiencia entera de la humanidad a lo largo de su historia.  Tal vez la confusión la vamos a generar cuando intentemos aplicar en el vértice del fundamentalismo, es decir, prescindiendo de las circunstancias y mediaciones históricas un texto bíblico a esta realidad. Por ejemplo, trayendo a colación una cita bíblica prohibimos a los estudiantes saludar a la Bandera; peor aún, transfundir a una persona por la misma razón, provocando su muerte.  Si esto fuera cierto, deberíamos destruir también todas las fotografías, las obras de arte, la escultura, la pintura, es decir, hacer tabula rasa de  la expresión artística universal.

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Pero un problema de consecuencias mayores es confundir ídolo con imagen, símbolo o signos. El ídolo es otra cosa. El templo, la religión, la Ley, pueden convertirse en ídolos en cuanto se convierten en sustitutos de Dios; Fromm dice que la idolatría es un proceso de enajenación,  cuando el hombre ya no se pertenece a él mismo, cuando acaba adorando las obras de sus manos. Y esto es posible, dice el autor, cuando terminamos adornado el concepto de raza, de partido, de ideología, etc.,etc., todo pecado es, en el fondo, una idolatría. En Los dioses olvidados, el biblista español, J. L. Sucre, nos demuestra que la idolatría que fustigaron los profetas está siempre latente; no tendremos los templos a Venus, pero tenemos el culto al sexo, por ejemplo. Los dioses del dinero y el placer, de la guerra y la venganza, están vigentes, dice el autor.

Hay, pues, que distinguir muy bien entre lo que es un ídolo y lo que es una imagen, símbolo o signo, que nos refiere a Dios. El que no distingue confunde.

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