18 de Abril del 2014

La muerte del padre César

Posted by Diocesis Ciudad Juarez On octubre 23, 2011 ADD COMMENTS

La diócesis se ha sacudido. La muerte del padre César Gabriel Mendoza deja un estremecimiento en nuestros corazones. Cuando un sacerdote deja este mundo por causas naturales, la tristeza en la comunidad es mucha. Pero cuando un sacerdote muere por causas no naturales, como el haber sido embestido por un conductor que se dio a la fuga, la tristeza se vuelve mucho más honda. Por eso la muerte del padre César nos ha estremecido a todos.

Muchas personas mueren víctimas de accidentes en las calles. Son muertes violentas y muy dolorosas para las familias y, en este caso, para nuestra familia diocesana. Chocar a una persona y dejarla tirada moribunda es hacer que Cristo Jesús viva esa experiencia. “A mí me lo hiciste”, dijo el Señor a propósito. Sin embargo tenemos un Sumo Sacerdote que nos abre su corazón, rico en misericordia, para sanarnos de la irresponsabilidad y de la violencia, a través del arrepentimiento y el llanto por nuestros pecados.

Hoy en nuestra diócesis resplandece el misterio de la Cruz. Cuando muere un sacerdote no es sólo un hombre el que muere. Por el sacramento del Orden es Cristo que muere en el sacerdote. El hospital donde el padre César luchó contra la muerte se convirtió en un Calvario. Ahí estuvo siempre su madre, como María traspasada por una espada en el alma, y acompañada de algunos sacerdotes que fueron ejemplo de fraternidad en el ministerio.

La comunidad parroquial de Santa Inés, donde el padre César era el párroco, ha quedado sumergida en una profunda tristeza. Las demás parroquias nos hacemos solidarios con esos hermanos nuestros y oramos por ellos en el dolor de despedirse de su sacerdote. Llenos de gratitud lo recordarán seguramente en ese altar donde, antes de ir a la Pasión y a la Cruz, el padre reveló sus experiencias con Jesús cuando predicaba el Evangelio y celebraba el Santo Sacrificio.

Las horas tensas de agonía y finalmente la muerte del padre, deben hacernos penetrar en los sufrimientos de Jesús. Pero hemos de mirar más allá del dolor. El sufrimiento es sólo un signo. Más allá está la realidad del amor de un sacerdote que se entregó, por amor, a su ministerio, a sus parroquianos, a sus alumnos del Instituto de Teología y a sus enfermos en la Pastoral de la Salud.

Y aunque hay llanto y dolor en nuestros corazones, no podemos dar a la compasión el lugar más importante. Lo más importante debe ser la gratitud hacia el padre César Gabriel por la donación de su vida en el ministerio sacerdotal. “Me amó y se entregó por mí”, decía san Pablo refiriéndose a Jesús. Lo mismo debe exclamar cada uno de los cristianos que fueron abrazados por la caridad pastoral del padre César.

Las lágrimas no serán, pues, nuestro único regalo al padre. El que ama no quiere ser compadecido, sino amado. Nuestra oración y, sobre todo, la Eucaristía, será, a partir de estos momentos, nuestra más bella expresión de gratitud al amigo, al hermano, al sacerdote fallecido. Descansa, padre César, en la paz de quien te llamó al sacerdocio y a quien entregaste tu vida.

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